Hace más de tres décadas, William Rojas recibió una recomendación de trabajo que definiría para siempre su rumbo laboral y personal: sumarse al equipo de la Torre Colpatria. Por aquel entonces era muy joven y no conocía el miedo al vértigo ni a las alturas. Decidió aceptar el reto, iniciando una trayectoria que se extendería por 34 años ininterrumpidos en uno de los rascacielos más representativos de Colombia.
Durante 25 de esos años, su jornada consistió en limpiar la imponente fachada de cristal del edificio colgado desde canastas exteriores suspendidas sobre el vacío. Posteriormente, tras el retiro de dichos sistemas de andamiaje, se incorporó al área de mantenimiento, donde aún ejerce sus labores mientras se prepara para su próxima jubilación.
“Cuando llegué acá, llegué muy pollo, muy joven. Por mi dedicación al trabajo, me dijeron que era para limpiar vidrios. Siempre me han gustado las alturas. Eso es lo que me llevo: no le tengo miedo a las alturas ni al vértigo”, rememora William, quien además se convirtió en mentor de compañeros novatos que sentían temor al enfrentar las alturas por primera vez, transmitiéndoles serenidad y seguridad.
Anécdotas en el cielo: luces, transmisiones y recuerdos únicos
A lo largo de un cuarto de siglo suspendido frente al cielo bogotano, William acumuló recuerdos de una época en la que las normativas de seguridad laboral eran considerablemente distintas a las actuales:
- La primera iluminación de la torre: Tuvo una participación activa apoyando al equipo de especialistas técnicos italianos que llegaron al país para instalar el primer sistema de luces del edificio, forjando con ellos una estrecha relación de trabajo.
- El elenco de Club 10 en las alturas: Le correspondió trasladar en una de las canastas exteriores a los actores del recordado espacio infantil de la televisión colombiana, en tiempos previos a los protocolos modernos de protección para trabajos en suspensión.
Testigo de primera fila de la evolución de Bogotá
Desde las alturas de la torre, William vio transformarse los sistemas internos del inmueble, como las sucesivas remodelaciones de las redes hidráulicas, la modernización de los sistemas contra incendios y el tránsito de una función mayoritariamente corporativa a una vocación turística y cultural a través de su mirador.
Asimismo, contempló el paso de las décadas sobre la capital: el contraste del clima en los cerros orientales, Monserrate, Guadalupe, el Alto de la Cruz, la Carrera Séptima y la Avenida Calle 26 fueron su horizonte diario. Pero también fue observador silencioso de coyunturas complejas, entre ellas los atentados que sacudieron al centro de Bogotá en las épocas más duras del narcotráfico. “Lo bueno es poder observar historias que nadie más ve y llevarlas dentro de uno”, reflexiona.
Un legado familiar y el relevo generacional
Para William, la Torre Colpatria no fue solo un empleo que le brindó el sustento para consolidar su patrimonio y adquirir su propia vivienda; fue también el epicentro donde forjó una auténtica familia junto a varias generaciones de compañeros con los que compartió vivencias dentro y fuera del trabajo.
A dos años de alcanzar su pensión de vejez, William observa con serenidad cómo las nuevas generaciones asumen la custodia operativa de la estructura, dejándoles un mensaje conciso pero contundente: “A todo el que llegue le diría: ámenla y quiéranla”.
Al resumir tres décadas y media en una sola expresión, no titubea: “Torre Colpatria. ¿Por qué? Porque para mí representa una historia muy grande, todo lo que se ha vivido durante estos 34 años y los compañeros que también estuvieron acá. Eso es lo que me llevo: la historia tan linda que guarda”.









